LAS CORRECCIONES

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Las correcciones

 

Con esta historia inmisericorde de una típica familia norteamericana, Jonathan Franzen obtuvo el National Book Award y el Premio James Tait Black Memorial, y fue finalista de los premios Pulitzer y Pen/Faulkner.

Fragmento

 

La locura de un frente frío que barre la pradera en otoño. Se palpaba: algo terrible iba a ocurrir. El sol bajo, en el cielo: luminaria menor, estrella enfriándose. Ráfagas de desorden, sucesivas. Árboles inquietos, temperaturas en descenso, toda la religión nórdica de las cosas llegando a su fin. No hay aquí niños en los jardines. Largas las sombras en el césped espeso, virando al amarillo. De los robles rojos y los robles palustres y los robles blancos de los pantanos llovían bellotas sobre casas libres de hipoteca. Las ventanas a prueba de temporal se estremecían en los dormitorios vacíos. Y el zumbido y el hipo de un secador de ropa, la discordia nasal de un soplador de hojas, el proceso de maduración de unas manzanas lugareñas en una bolsa de papel, el olor de la gasolina con que Alfred Lambert había limpiado la brocha, tras su sesión matinal de pintura del confidente de mimbre.

Las tres de la tarde era hora de riesgos en estos barrios residenciales y gerontocráticos de St. Jude. Alfred acababa de despertarse en el sillón azul, de buen tamaño, en que llevaba durmiendo desde después de comer. Ya había cumplido con su siesta, y las noticias locales no empezaban hasta las cinco. Dos horas vacías eran un criadero de infecciones. Se incorporó trabajosamente y se detuvo junto a la mesa de ping-pong, tratando de oír a Enid, sin lograrlo.

Resonaba por toda la casa un timbre de alarma que sólo Alfred y Enid eran capaces de oír directamente. Era el timbre de alarma de la ansiedad. Era como una de esas enormes campanas de hierro fundido, con percutor eléctrico, que echan a los colegiales a la calle en los simulacros de incendio. En aquel momento llevaba resonando tantas horas, que los Lambert habían dejado de oír el mensaje de «timbre sonando»: como ocurre con todo sonido lo suficientemente prolongado como para permitir que nos aprendamos los sonidos que lo componen (como ocurre con cualquier palabra cuando nos quedamos mirándola hasta que se descompone en una serie de letras muertas), los Lambert percibían un percutor golpeando rápidamente contra un resonador metálico, es decir: no un tono puro, sino una secuencia granular de percusiones con una aguda superposición de connotaciones. Llevaba tantos días resonando que se integraba en la atmósfera de la casa, sencillamente, salvo a ciertas horas de la mañana, muy temprano, cuando uno de los dos se despertaba sudoroso para darse cuenta de que el timbre llevaba resonando en su cabeza desde siempre, desde hacía tantos meses que el sonido se había visto reemplazado por una especie de metasonido cuyas subidas y bajadas no eran el golpear de las ondas de compresión, sino algo mucho más lento: las crecidas y las menguas de su conciencia del sonido. Una conciencia que se hacía especialmente aguda cuando las condiciones climatológicas se ponían de humor ansioso. Entonces, Enid y Alfred —de rodillas ella en el comedor, abriendo cajones; en el sótano él, inspeccionando la desastrosa mesa de ping-pong—, ambos al mismo tiempo, se sentían a punto de explotar de ansiedad.

La ansiedad de los cupones, en un cajón lleno de velas de otoñales colores de diseño. Los cupones estaban sujetos con una goma elástica, y Enid se daba cuenta entonces de que sus fechas de vencimiento (que muchas veces venían marcadas de fábrica, con un círculo rojo alrededor) habían quedado muy atrás en el tiempo, no ya meses, sino incluso años. Los ciento y pico cupones, por un valor total de más de sesenta dólares (ciento veinte, potencialmente, en el supermercado de Chiltsville, que los valoraba doble), se habían desperdiciado. Tilex, sesenta centavos de descuento. Excedrina PM, un dólar de descuento. Las fechas ni siquiera eran cercanas. Las fechas eran históricas. El timbre de alarma llevaba años sonando.

Volvió a guardar los cupones con las velas y cerró el cajón. Estaba buscando una carta que había llegado unos días atrás, certificada. Alfred oyó que el cartero llamaba a la puerta y gritó «¡Enid, Enid!», tan alto, que no pudo